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¿Quién soy yo?

¿Cuántas veces nos hemos hecho la pregunta "quién soy yo"? Creo que es una de esas preguntas que nos asaltan a cada momento. Hasta, me atrevería a decir que es normal hacernos esta pregunta, lo que resulta más desafiante es la respuesta que nos damos.

Para responder a la pregunta: ¿Quién soy yo? Frecuentemente nos acercamos a otras personas y simplemente escuchamos su opinión, lo que podría ser decepcionante. Otras veces, le damos especial atención a algún evento de nuestro pasado y dejamos que este nos defina. Otras veces, son los comentarios de otras personas lo que nos termina definiendo. En otras oportunidades es la cantidad de dinero y de cosas que poseo lo que define mi identidad. Para muchos, quizá es su puesto en el organigrama o su tipo de empleo, en otros casos es a partir de alguna condición de nuestra salud física o emocional. Para muchos otros, lo que los define es la linda familia que han formado. Existen infinidad de cosas y relaciones temporales que podrían definirnos en algún momento. De hecho, para muchas personas cambiar a cada momento aquello que le define se ha convertido en una montaña rusa que sube y baja, unas temporadas me define una cosa y en otros tramos de la vida nos define otra. Lo que es señal clara de un problema profundo de nuestra propia identidad. ¿Qué te define?

Por favor no cometas el error de pensar que eres el único que se enfrenta a esta pregunta. Jesús mismo se enfrento muchas veces a esta pregunta. El padre de la mentira se le acercó desafiante y le lanzó la pregunta varias veces: -¿Si acaso eres -de verdad- el Hijo de Dios, entonces ordena a estas piedras que se conviertan en pan? ¿Si -en verdad- eres el Hijo de Dios, tírate abajo? Todos estos países serán tuyos, si sólo te arrodillas delante de mí y me adoras. Los líderes de Israel también le hacían esta pregunta: Tú dijiste que podías destruir el templo y construirlo de nuevo en tres días. ¡Si tienes tanto poder, sálvate a ti mismo! ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! La identidad no se define con lo que otros creen o piensan de mi, ni tampoco la definen mis posesiones.

Después de que Jesús definió que iba a tomar el camino a la cruz, Jesús buscó a Juan en el Jordán y luego de subir desde sus aguas se escuchó la voz del cielo que declaro: «Éste es mi Hijo  amado, a quien he elegido.» Esa es la respuesta correcta: Yo soy, quien Dios dice que yo soy. Lo que me define a mi, lo que da respuesta a esta pregunta es que somos hijos de Dios.
Después de resucitar, Jesús va caminando con unos discípulos por el camino que baja de Jerusalén hasta Emaús. Los dos discípulos no sabían realmente con quien estaban hablando, no le reconocieron si no hasta que Jesús partió el pan ante sus ojos. Jesús les había dicho a sus discípulos que: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre

Tú no escogiste a tu familia actual, tú fuiste integrado a esta. Nadie escoge a su familia, no es algo que dependía de tu voluntad. Más bien depende de la voluntad de Dios: Aquel que es la Palabra estaba en el mundo. Dios creó el mundo por medio de aquel que es la Palabra, pero la gente no lo reconoció. La Palabra vino a vivir a este mundo,  su pueblo no la aceptó. Pero aquellos que la aceptaron y creyeron en ella, pero llegaron a ser hijos de Dios. Son hijos de Dios por voluntad divina, no por voluntad humana. Juan 1:10-13
Dios ya nos limpió a través del sacrificio en la cruz, nos ha llamado a su reino, nos ha llenado con su Espíritu Santo. También nos ha compartido la increíble oportunidad de testificar, de enseñar y de pastorear a otros en su nombre. Como un hijo de Dios, tú no necesitas hacer nada para que Dios te ame más, no tienes que competir con nadie para llamar su atención, ni por su cariño. Tú eres su hijo y ya tienes todo eso. En medio de la congregación -cada uno- tenemos la oportunidad de compartir todo esto que Dios nos ha dado y dar ánimo y consuelo a los demás. Cuando compartimos con otros el gozo de Dios, ese gozo volverá hasta ti a llenarte plenamente. No es lógico, claro que no, es una ley espiritual: Da y se te dará en abundancia. Es dando como se recibe. El gozo es el producto de mi sana relación con Dios. Se produce gozo al estar con alguien que está feliz de estar en esta relación. 

La identidad no se busca, ya nos ha sido dada de parte de Dios. Cada vez que te vuelva a acechar la pregunta ¿Quién soy yo? Responde con la verdad: Tú eres el hijo muy amado de Dios, y esto es algo que nadie puede cambiar.

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