Hablar abiertamente del pecado ( Hebreo: ḥaṭṭāʾîtî ) con la actual generación representa un riesgo latente porque desafía de frente el relativismo moral y la autonomía radical de una cultura líquida que exige tolerancia absoluta a los caminos torcidos del hombre. Al proclamar el diseño divino y exponer verdades que resultan incómodas como la transgresión o la iniquidad , el oportuno mensaje bíblico suele ser malinterpretado por la mentalidad del hombre de hoy, no como una oferta o invitación a la gracia, y la restauración y la justicia ( Hebreo: tzedakah ) , sino como un ataque directo al libertinaje individual o reetiquetado como un discurso de odio. Esto expone a quien advierte acerca del pecado a una censura social, al fenómeno de la cancelación o a la constante presión de diluir o maquillar la verdad escritural por temor al rechazo de una generación que prefiere ocultar sus fallas antes que humillarse ante la soberanía y majestad de Dios. Justo...
El escritor del libro de Deuteronomio presenta la vida como un escenario, dónde hemos avanzado por la vida y llegado a una encrucijada que nos va a afectar en el futuro próximo, e incluso un poco más, hasta nuestra eternidad. En la que, cada persona debe escoger sabiamente entre dos posibles salidas. La ruta de la obediencia que nos conduce a la vida y la de la desobediencia que desemboca en una gran y terrible pérdida. Esa perspectiva resulta especialmente útil para pensar la tensión entre la gracia y la obstinación, porque el texto no solo informa sobre un mandato divino, sino que invita a una decisión real, concreta y responsable. Elegir es un privilegio reservado para las personas libres, el hecho de elegir no es un acto neutro. Desde que somos conscientes, desde que emitimos juicios de valor en cada decisión, toda lección orienta el corazón, define el carácter y comienza a producir consecuencias visibles en la vida personal, comunitaria y espiritual. »Hoy deben elegir qué prefiere...