Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo aceite; mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente con sus lámparas. Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas. Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan. Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas. Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta. Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir. Mateo 25:1-13
De pronto me ha asaltado un pensamiento, se trata de una pregunta: -¿Qué hizo la chica prudente los días antes de que el novio llegara por su amiga la novia?
Una suave ráfaga de viento fresco mezclada con el aroma del barro y la arcilla cocida, ese olor terroso a aceite de oliva espeso y el humo de la leña seca en el fuego perfuman todos los rincones de nuestra pequeña casa en las afueras de Jerusalén.
Afuera, el sol ha comenzado a esconderse detrás de los cerros del lado oeste, pintando el cielo con pigmentos de tonalidad cobre y purpura. Para los vecinos de nuestra comunidad, este es el final de otro día de trabajo; para mí, particularmente es el inicio de la víspera de un evento que he estado esperando desde casi un año atrás, cuando el novio se fue a preparar todo.
Muy pronto en alguna de estas noches será la boda de mi amiga de esta villa, y diez de nosotras; las jóvenes elegidas de la aldea, formaremos su cortejo de damitas. Nuestra tarea será -lo es de hecho- tan hermosa como significativa, debemos mantener con luz brillante -en medio de la oscuridad- para salir a recibir al novio en cuanto su cortejo festivo aparezca, para así iluminar su camino festivo hasta el banquete de boda.
Aquí se encierra un misterio que nos ha mantenido a todas -las diez doncellas- con el corazón latiendo intensamente, ninguna de nosotras conoce la hora ni el momento exacto en que el novio vendrá. Él aparecerá sin aviso, podría ser al caer el primer velo de la noche, o bien al filo de la medianoche como en la Pascua, o incluso a la hora del gallo cuando las estrellas de la madrugada ya empiecen a palidecer. Esta falta de certeza no es un detalle menor; es como un fuego que se mantiene vibrando dentro de nuestro pecho. Es la antesala de una noche larga donde mantenerse vigilantes y estar bien preparadas es la diferencia entre estar dentro o quedar fuera, y donde el mayor peligro no será el cansancio en sí, sino cualquier olvido o despiste por pequeño que parezca.
Por eso, he estado muy afanada adelantando preparativos mientras mis manos se tiñen del jugo de las aceitunas. No puedo evitar sentir la misma presión -que las aceitunas- al pensar en el desastre que supondría quedarnos totalmente a oscuras a mitad de camino. La sola idea de que de repente mi lámpara chisporee, y que la luz parpadee ahogada y que finalmente se apague de golpe a mitad de la noche me eriza la piel. Quedarse a ciegas en la oscuridad de la medianoche sería un grave error y una vergüenza irreparable en mi comunidad.
Las calles de este pueblo, una vez que se oculta el sol, tienen otro aspecto muy diferente, no son los mismos senderos transitables que observamos facilmente durante el día; pasan a ser un irregular empedrado, una trampa tras otra para caminantes distraídos y llenas de confusas sombras. Si el aceite lampante falla en mi lámpara a deshoras, sería del todo imposible corregir ese error porque ningún comerciante abrirá las trancas de madera de su zoco a medianoche para venderme unas tres cucharadas de aceite por unas pocas de moneditas; todos en el pueblo duermen como troncos tras las puertas bien cerradas. Así que salir a vagar en la penumbra buscando ayuda resultará muy sospechoso y solo me garantizaría atraso para finalmente, perderle el paso al cortejo y quedarme sola allá afuera, con la puerta del banquete cerrada delante de mi propia naríz. Solo pensar en ese horrible riesgo es lo que me ha hace esforzarme sin descanso y con anticipación suficiente durante el día.
Por eso desde muy temprano bajé a los olivares que salpican las colinas. Para llenar nuestras lámparas con aceite no salimos a buscar las aceitunas más verdes y perfectas de las ramas altas —aquellas destinadas a la mesa o al aceite puro de las ofrendas—, sino que seleccionamos con paciencia las aceitunas bien maduras y oscuras, las más suaves, las aceitunas que se cayeron hasta el suelo, las sucias o las que ya casi están a punto de caer, aquellas que empizan fermentarse, rebosantes del combustible denso que nutrirá el brillo de la llama. Después hubo que separar cada aceituna en la canasta de mimbre, sacar las hojas secas y los pequeños tallos e insectos con mucha delicadeza como quien está preparando un tesoro valioso.
Luego llevé mi cesta a la prensa del pueblo, hasta getsemaní o como dice mi abuelo en arameo gath-Šmānê, donde se respira aire que se vuelve espeso con la fragancia terrosa y dulzona del fruto aplastado. Saqué las aceitunas maduras sobre la gran rueda de piedra y empujé la rueda para molerlas. Mientras se presiona las olivas se escucha el crujido de los huesos y se puede ver cómo la pulpa oscura se converte en una pasta violeta y espesa que produce aceite de oliva lampante. Esa pasta la acomodé con cuidado dentro de los capachos, las cestas circulares de esparto trenzado que apilé bajo la enorme viga de madera de la prensa.
Para forzar al fruto a entregar hasta la última gota de su esencia, agregue agua hirviendo sobre la pila de capachos antes de bajar los pesados contrapesos de piedra. Al apretar la masa, un hilo de líquido tibio y turbio comenzó a brotar libremente hacia la pila pequeña de abajo. Pero mi trabajo no terminó ahí; la emulsión fresca no sirve para encender una mecha, pues el agua mezclada apagará el fuego al instante. Tuve que dejar reposar la mezcla en una gran jarra de barro durante varias horas de paciencia. Poco a poco, por la gracias su propio peso, el agua se asentó en el fondo de la jarra, así una capa dorada, espesa y más limpia de aceite sube hasta flotar en la superficie. Con una pequeña cazoleta, fui extrayendo esa mezcla dorada con pulso firme para no turbiar el fondo.
Ahora, sobre mi mesa de trabajo de madera rústica, todo el esfuerzo del día ha tomado su forma final. Aquí está mi pequeña lámpara estilo herodiana de terracota, moldeada a mano, con su pequeñito depósito bien limpio y con una mecha suave de lino crudo trenzado lista en la piquera. Como bien sabemos que el depósito apenas sostiene aceite para tres o cuatro horas de luz, me he preparado mi propio seguro contra el terrible olvido, un juglet, esta pequeña jarrita de barro de cuello estrecho, también está llena hasta el borde con más que suficiente aceite lampante espeso. Como me diría orgulloso mi papá: ¡Bien hecho chica lista! Con esta reserva extra a mi lado, podré recargar mi lámpara todas las veces sea necesario, recortar la punta con carbón de la mecha mientas avanza la noche y mantendré el fuego intacto sin importar cuánto se extienda el tiempo de la venida edl novio.
Me encantan las bodas siempre son eventos llenos de alegría, y pensar en la noche en que el novio vendrá me invade de una emoción que -simplemente- me abruma. Puedo imaginar ya el momento en que se escuche desde lejos el festival anunciando que el novio está muy cerca. Será muy brusco pasar de dormir a danzar. En ese instante y a toda prisa todas nosotras vamos a encender las mechas y entraremos confiadas en la oscuridad, las calles se iluminarán a ritmo de la danza de nuestras llamas doradas. Ser parte de esa procesión, caminando y bailando juntas por un sendero iluminado desde el lugar de reunión de la novia hacia la casa del novio, entre canciones alegres, panderos y risas, definitivamente será un momento único, será inolvidable. Justo en ese momento, en ese preciso instante mi lámpara no será solo un objeto de barro llena con aceite lapante; será mi contribución a la alegría de mi amiga, mi parte en el resplandor de su fiesta.
El sol se ocultó detrás de los cerros y la oscuridad ya empieza a cubrir todo a mi alrededor. Mis amigas no deben tardar mucho en llegar al lugar de reunión. Yo ya tengo lista mi jarrita de reserva, la textura áspera de la lámpara de terracota se siente fría. Que la noche se alargue tanto como quiera es algo que realmente, no depende de mi; el aceite ya está listo, mi mecha está dispuesta y mi corazón espera la señal de que ya llegó el novio. μαρὰν ἀθά ¡Marana tha!
El que da testimonio de estas cosas dice: «Ciertamente, vengo pronto.» Amén. ¡Ven, Señor Jesús! Apocalipsis 22: 20
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