Hablar abiertamente del pecado ( Hebreo: ḥaṭṭāʾîtî ) con la actual generación representa un riesgo latente porque desafía de frente el relativismo moral y la autonomía radical de una cultura líquida que exige tolerancia absoluta a los caminos torcidos del hombre. Al proclamar el diseño divino y exponer verdades que resultan incómodas como la transgresión o la iniquidad , el oportuno mensaje bíblico suele ser malinterpretado por la mentalidad del hombre de hoy, no como una oferta o invitación a la gracia, y la restauración y la justicia ( Hebreo: tzedakah ) , sino como un ataque directo al libertinaje individual o reetiquetado como un discurso de odio. Esto expone a quien advierte acerca del pecado a una censura social, al fenómeno de la cancelación o a la constante presión de diluir o maquillar la verdad escritural por temor al rechazo de una generación que prefiere ocultar sus fallas antes que humillarse ante la soberanía y majestad de Dios. Justo...