Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Deuteronomio 6:4
Ekjád es una palabra hebrea que afirma que Dios es el único Dios verdadero, frente a la pluralidad de dioses de los pueblos de la Tierra. Existen varios comentaristas que señalan que ekjád también puede matizar la unidad indivisible de Dios. Desde aquí se desprenden dos ideas muy importantes; la “unidad” apunta a que Dios es uno (no hay varios), mientras que “unicidad” subraya que es uno y además, es único en su género e incomparable. אֶחָד Ekjád es el adjetivo hebreo básico para “uno”, con un campo semántico que incluye: uno numérico, único y unido. Algunos diccionarios como el Strong y otras concordancias bíblicas lo definen como: “uno, único, unido, primero”. Puede indicar tanto singularidad (“uno solo, único”) como unidad de elementos “uno” a partir de varios, como “un día” formado por tarde y mañana, o “una sola carne".
En nuestro idioma español, único viene directamente del latín unĭcus. A su vez, unĭcus está formado por unus = “uno” más el sufijo -icus (‑ico), que indica cualidad o relación. Por eso, en español único significa literalmente “uno en su género” solo y sin otro de su especie, o extraordinario, sin igual. Por su parte, unicidad se define como la cualidad de único, ser singular, irrepetible, solo y sin otro de su especie. Y entendemos por unidad, en primer lugar como la propiedad de todo ser en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere. Cuando hablamos de la unidad entre personas o grupos, nos referimos a esa unión, concordia y acuerdo común que hace que varias personas funcionen como un todo coherente en torno a un mismo propósito.
Poco después, Jesús les dijo a sus discípulos: —No se preocupen. Confíen en Dios y confíen también en mí. Juan 14:1
La unidad, resulta que no es exclusiva de nuestro Dios. Esta unidad está planeada y es aplicada a la vida diaria del pueblo de Dios:
Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Efesios 2:14–16
Podemos decir que existe la unidad y unicidad del pueblo de Dios. Unidad, porque todos los redimidos (antes y después de Jesús) comparten la misma fe en el único Dios verdadero y se integran en un solo cuerpo. Unicidad, porque ese pueblo es uno solo en el plan de Dios, no dos pueblos distintos con destinos separados.
La tendencia que realmente acerca, une y mantiene “pegados” a los discípulos de Jesús es el amor de Dios derramado en ellos por el Espíritu Santo, que se traduce en una comunión concreta (koinonía) y visible entre ellos. Ese “pegamento” no es solo afinidad natural o por la costumbre de congregarse juntos, sino que la Palabra de Dios lo describe como el amor de Dios puesto dentro del corazón de los creyentes: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”. Ese amor interior se manifiesta hacia fuera en la koinonía: compartir la fe, los recursos, las cargas y la vida, de modo que no viven aislados, sino en comunión y servicio mutuo. Cuando ese amor se hace práctico —perdonar, sostener, acompañar, servir juntos— se vuelve algo notorio, típico, clásico: Jesús mismo dice que “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”, colocando el amor mutuo como la señal visible por la cual otros pueden reconocer que una comunidad pertenece realmente a Él.
En el Santo Evangelio según Juan podemos observar claramente que el amor mutuo y el testimonio público van juntos: Jesús dice que el mundo sabrá quiénes son sus discípulos no por sus lemas o sus edificios, sino porque se aman de verdad unos a otros, de forma práctica, paciente y sacrificial. La unidad en el amor, es una señal muy elocuente para quienes no siguen a Jesús, porque rompe la lógica habitual de división por intereses, clases o ideologías y muestra que ahí está actuando algo divino, el propio Dios. Cuando una comunidad tan diversa consigue mantenerse unida, perdonarse, cuidar a los débiles y resolver sus conflictos sin romperse, está ofreciendo una especie de “demostración viviente” de que el mensaje de Jesús no es solo teoría, sino una fuerza real que transforma relaciones, y por eso el amor mutuo se convierte en uno de los argumentos más fuertes a favor del evangelio que cualquier persona puede ver.
Los doce discípulos de Jesús, no se convirtieron en un grupo unido porque tuvieran afinidad natural, sino todo lo contrario. Por origen, carácter e intereses eran el tipo de gente que normalmente mostrarían una tendencia a fragmentarse como grupo con un publicano colaborador de Roma, un zelote radical, pescadores sencillos, ambiciones de poder, celos, discusiones por el primer lugar, tensiones por el dinero e incluso la traición de Judas y la negación de Pedro. Lo que nos deja ver que ese grupo tan frágil y conflictivo termine actuando como un solo equipo apostólico no es su carácter, sino tres intervenciones decisivas de Dios. Primero, la corrección sumamente paciente de Jesús, que a lo largo del ministerio expone sus rivalidades y redefine la grandeza como servicio; después, el impacto de su horrible muerte en una cruz y la resurrección, que cambia sus prioridades al mostrar que el Rey se entrega y ellos son llamados a seguir ese mismo camino; y finalmente (Shavout) Pentecostés, cuando el Espíritu Santo bajó y los llenó y produce en ellos una unanimidad real, de modo que por primera vez aparecen “todos unánimes juntos”, perseverando en la oración, la enseñanza y la misión de presentar a Jesús al mundo, ya no como doce proyectos individuales alrededor de un líder famoso, sino como un solo cuerpo dirijido por Jesús resucitado.
Después de los particulares eventos de la celebración de Shavuot en Jerusalén, los discípulos adoptan, cada uno, una nueva manera de pensar que bien se podría resumir así: “mi vida ya no gira en torno a mi agenda, sino a la misión de Jesús, en equipo y en el poder del Espíritu”, y eso se ve claramente en la comunidad de los 120 que se vuelven la iglesia. Sus prioridades cambian, en lugar de competir por puestos y autoridad sobre el resto, ahora “perseveran en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones”, organizando su tiempo alrededor de la enseñanza, la vida compartida y la misión. Sus intereses particulares pasan a segundo plano: “ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía”, sino que comparten recursos y hasta venden propiedades para suplir necesidades del cuerpo, señal de que el “yo” deja de ser el centro. Y su tolerancia y capacidad de convivir mejoran de forma visible. Lucas el médico amado a través de Hechos los describe “de un mismo corazón y un alma”, comiendo juntos con alegría y sencillez, manteniéndose unidos a pesar de diferencias y presiones externas, algo que los comentaristas atribuyen a la obra profunda del Espíritu Santo que no solo les da poder para predicar, sino también para vivir una unidad práctica que antes no tenían.
Después de que Jesús terminó de hablar con sus discípulos, miró al cielo y dijo: «Padre mío, ha llegado el momento de que muestres a la gente lo grande y poderoso que soy. De ese modo yo también les mostraré lo grandioso y maravilloso que eres tú. »Tú me diste autoridad y poder sobre todos los que viven en el mundo, para dar vida eterna a todos los seguidores que me has dado. Esta vida eterna la reciben cuando creen en ti y en mí; en ti, porque eres el único Dios verdadero, y en mí, porque soy el Mesías que tú enviaste al mundo. »A todo el mundo le he mostrado lo grande y poderoso que eres tú, porque cumplí con todo lo que me ordenaste.Y ahora, Padre, dame el poder y la grandeza que tenía cuando estaba contigo, antes de que existiera el mundo. »A los seguidores que me diste les he mostrado quién eres. Ellos eran tuyos, y tú me los diste, y han obedecido todo lo que les ordenaste. Ahora saben que tú me diste todo lo que tengo, porque les he dado el mensaje que me diste, y ellos lo han aceptado. Saben que tú me enviaste, y lo han creído. »Yo te ruego por ellos. No pido por la gente que no me acepta y que sólo piensa en las cosas de este mundo. Más bien, pido por los seguidores que me diste y que son tuyos. Todo lo que tengo es tuyo, y todo lo que tú tienes es mío. Y en todo esto se muestra lo grande y poderoso que soy. »Padre celestial, dentro de poco ya no estaré en el mundo, pues voy a donde tú estás. Pero mis seguidores van a permanecer en este mundo. Por eso te pido que los cuides, y que uses el poder que me diste para que se mantengan unidos, como tú y yo lo estamos. Mientras yo estaba con ellos, los cuidé con el poder que me diste, y ninguno dejó de confiar en mí. El único que nunca creyó en mí fue Judas. Así se cumplió lo que dice la Biblia. »Ahora regreso a donde tú estás. Pero digo esto mientras estoy en el mundo, para que mis seguidores sean tan felices como yo. Les he dado tu mensaje, y por eso los de este mundo los odian, pues ellos ya no son como esa gente, y tampoco yo soy así. No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas de Satanás. Yo no soy de este mundo, y tampoco ellos lo son. Tu mensaje es la verdad; haz que al escucharlo, ellos se entreguen totalmente a ti. Los envío a dar tu mensaje a la gente de este mundo, así como tú me enviaste a mí. Toda mi vida te la he entregado, y lo mismo espero que hagan mis seguidores. »No pido sólo por ellos, sino también por los que creerán en mí cuando escuchen su mensaje. Te pido que se mantengan unidos entre ellos, y que así como tú y yo estamos unidos, también ellos se mantengan unidos a nosotros. Así la gente de este mundo creerá que tú me enviaste. Yo les he dado a mis seguidores el mismo poder que tú me diste, con el propósito de que se mantengan unidos. Para eso deberán permanecer unidos a mí, como yo estoy unido a ti. Así la unidad entre ellos será perfecta, y los de este mundo entenderán que tú me enviaste, y que los amas tanto como me amas tú. »Padre, los seguidores que tengo me los diste tú, y quiero que estén donde yo voy a estar, para que vean todo el poder que me has dado, pues me has amado desde antes de que existiera el mundo. »Padre, tú eres justo, pero los de este mundo no conocen tu justicia. Yo sí te conozco, y los que me diste saben que tú me enviaste. Les he dicho quién eres, y no dejaré de hacerlo, para que se mantengan unidos a mí, y para que amen a los demás como tú y yo nos amamos.»
La noche en Jerusalén antes del Seder de Pésaj, los textos de los cuatro evangelios no son idénticos en el relato de su cronología, pero sí coinciden en que fue una comida decisiva con sus discípulos justo en el contexto de la Pascua. La oración de Jesús al Padre en Juan 17 se organiza en tres grandes movimientos.
Inicia con un Jesús que ora por sí mismo (17:1–5), por los once discípulos que están allí presentes (17:6–19) y por los creyentes futuros (17:20–26).
Estructura general de Juan 17. En los versos 1 al 5 Jesús pide ser glorificado para poder glorificar al Padre, en continuidad con la gloria que tenía “antes que el mundo fuese”.
Del verso 6 al 19, intercede por los discípulos y pide protección “en tu nombre”, unidad, santificación “en la verdad” y preservación frente al “maligno”. A partir del verso 20 hasta el 26, extiende la intercesión a los que creerán por la palabra de los discípulos, pidiendo unidad y participación en su gloria.
Gloria compartida Padre-Hijo. Jesús pide ser glorificado para que, mediante su exaltación (cruz-resurrección-ascensión), el Padre sea glorificado y los creyentes puedan ver esa gloria. Vida eterna como conocimiento relacional “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado”; aquí vida eterna es relación de conocimiento y comunión, no solo duración.
Revelación del nombre del Padre. Jesús afirma haber manifestado el “nombre” de Dios, es decir, su carácter y realidad, a los discípulos que el Padre le dio del mundo.
Unidad y santificación. La unidad de los discípulos (“que todos sean uno”) está vinculada a su santificación en la verdad, que Jesús identifica explícitamente con la palabra del Padre.
Se la llama “oración sacerdotal” porque Jesús se presenta como quien media entre Dios y los suyos, intercediendo por ellos antes de ofrecerse en sacrificio, en paralelo con la función del sumo sacerdote del Día de la Expiación, pero llevada a plenitud.
En la tradición patrística y en exégetas posteriores se destaca que esta oración corona el discurso de despedida y anticipa la obra de intercesión permanente de Cristo por su Iglesia.
Repetición de “para que” (ἵνα). Varios estudios señalan que la seguidilla de cláusulas “para que” organiza el flujo del texto. Glorificación “para que” el Hijo glorifique al Padre, autoridad “para que” dé vida eterna, revelación “para que” tengan gozo cumplido, unidad “para que” el mundo crea. Esto muestra una oración muy teleológica cada petición se orienta a un propósito de salvación y misionero.
La unidad de Juan 17 es visto como algo profundo y sobrenatural, la unidad que Jesús pide en Juan 17 es tan importante que Él estuvo dispuesto a ir a la cruz para hacerla posible: no es un “extra” opcional, sino parte del precio que Jesús pagó. Esta unidad no significa -ni debería entenderse- que todos sean iguales (forma de balar, vestir y de lucir su cabello) o piensen idéntico, sino que, aun en la diversidad, los creyentes aprenden a renunciar a ciertas preferencias personales para cuidar lo esencial que los une en torno a Cristo; por eso suele decir que la unidad tiene un enorme poder para mostrar a un mundo roto que Jesús es real y que su amor transforma relaciones. La unidad de Juan 17 es una unidad espiritual que nace de la gloria y del amor de Dios compartidos con los creyentes: así como el Padre y el Hijo son uno, Jesús pide que sus discípulos participen de esa misma comunión, santificados en la verdad de la Palabra. Esta unidad no solo sirve para que los creyentes se sientan más cerca, sino que tiene una finalidad clara: que el mundo que nos observa, vea en esa comunión algo del propio carácter de Dios y reconozca que el Padre envió al Hijo y ama a su pueblo. En lenguaje sencillo el costo y el impacto práctico de la unidad (lo que Jesús pagó por ella y lo que muestra al mundo) y cómo esta unidad refleja quién es Dios y cómo se alimenta de la verdad y la santidad.
¿Cómo respondo cuando alguien me corrige en amor?
¿Busco entender y cambiar, o me cierro y justifico mi falta o posición?
No es uniformidad, es mantener una relación. La unidad por la que ora Jesús no significa que todos los creyentes deban pensar, actuar o adorar exactamente igual (uniformidad institucional o cultural). El modelo es la relación entre el Padre y el Hijo: son personas distintas, pero con un mismo propósito, amor y esencia. Se trata de mantener una unidad espiritual. Es imposible lograr este nivel de unidad mediante acuerdos humanos o tolerancia superficial. Es un vínculo sobrenatural que ocurre al estar "en nosotros" (en Dios). Los humanos vivimos en un entorno fragmentado por el odio, las ideas políticas, el color de la piel y el egoísmo no puede ser impactado por una iglesia igualmente dividida. Cuando personas diferentes se aman y caminan juntas en Cristo, todos los que nos observan se ven obligados a reconocer que hay una fuerza divina obrando (el amor de Dios). La unidad está basada en la verdad. La unidad bíblica nunca se logra sacrificando la verdad esencial del Evangelio. Jesús ora primero por la "santificación en la verdad" antes de orar por la unidad de los creyentes futuros. Es una unidad en torno a la Palabra de Dios. La unidad a través de la gloria. La "gloria" que Jesús comparte con nosotros es la presencia del Espíritu Santo y el carácter de Cristo (humildad, sacrificio, amor). El orgullo humano tiende a dividir; la gloria de Cristo (que se manifiesta en la cruz y el servicio) es lo que nos une. Jesús pensó en ti, este es un detalle hermoso. En sus últimas horas de libertad, con el peso de la cruz cada vez más cerca, Jesús miró a través de los siglos y oró específicamente por la iglesia actual. Esto demuestra que la unidad de la iglesia universal trasciende el tiempo, el idioma y la geografía.
¿Cómo comparto mis recursos, tiempo y cargas con otros creyentes?
¿Hay áreas en las que guardo reservas bien por miedo, orgullo o por simple comodidad?
La unidad no nos pide que seamos idénticos; la verdadera unidad es como la de un cuerpo humano, es un solo cuerpo, pero está formado por muchos miembros que son distintos en forma y en función. Los ojos no son como los pies, ni el corazón como los pulmones; cada uno tiene su propia forma y su papel único, pero todos comparten la misma vida y trabajan juntos para el bien de todo el cuerpo. Si todos fuéramos idénticos, el cuerpo sería inviable: un cuerpo solo con ojos no podría caminar, ni comer, ni trabajar. En la Biblia describe que la iglesia es similar a un cuerpo humano; donde hay diversidad de dones, ministerios y funciones, pero un solo Espíritu, un solo Señor y un solo Dios que opera en todos; la unidad no es que todos pensemos y actuemos igual, sino que cada uno sea fiel a su rol, en armonía con los demás, para que el todo funcione bien. La uniformidad aplana y hace todo igual; la diversidad unida, por el contrario, enriquece y hace que la unidad sea más rica, funcional y viviente.
¿En qué situaciones concretas mi orgullo o sensación de superioridad ha afectado la unidad de mi comunidad? ¿Qué me detiene para reconocerlo y corregirlo?
A menudo, la unidad de una comunidad de fe no se destruye por la persecución, grandes herejías o escándalos mayúsculos, sino que se erosiona y es díficl de percibir, lo hace lentamente a través de microfracturas, actitudes sutiles y hábitos no corregidos. Basado en las enseñanzas del Pacto renovado -especialmente en las cartas de Pablo y de Santiago- que lidiaron con comunidades de fe divididas, aquí te comparto los principales "saboteadores" de la unidad:
El orgullo y el "elitismo espiritual". El orgullo es el enemigo número uno de la unidad. En una comunidad, esto toma formas muy sutiles. El síndrome del hermano mayor, aquel que llega a creer que, por tener más años visitando el templo, o más conocimiento teológico o un ministerio más visible, se tiene mayor valor o se merece un trato preferencial. Competencia silenciosa, ocurreal comparar quién ora mejor, quién tiene más talentos, quién trae más invitados o quién parece ser más "espiritual".
Incapacidad para recibir corrección: Cuando los miembros o líderes se vuelven intocables y se ofenden ante la más mínima sugerencia o crítica constructiva.
El chisme disfrazado de piedad, en el libro de los Proverbios dice que "el chismoso separa a los mejores amigos" (Prov. 16:28). En las comunidades de fe, el chisme rara vez se presenta como malicia abierta; suele camuflarse. Motivos de oración"tóxicos, compartir detalles íntimos o fracasos de otra persona bajo la excusa de "necesitamos orar por el hermano. La queja pasivo-agresiva: En lugar de confrontar el problema, se murmura en los pasillos o en los grupos pequeños, creando facciones y sembrando desconfianza hacia el liderazgo o hacia otros miembros.
Elevar preferencias a nivel de dogma o de regla: Juzgar la espiritualidad de otros basándose en el estilo de adoración (música), la forma de vestir, o posturas sobre temas teológicos no esenciales (como los detalles específicos del fin de los tiempos). Mentalidad de "nosotros contra ellos". Creer que nuestra denominación, nuestra congregación o nuestro grupo pequeño es el único que tiene "la sana doctrina" o que hace las cosas bien.
Juzgar las Intenciones (la cultura de la sospecha). Es imposible construir unidad si no hay confianza. Un boicot sutil a la unidad ocurre cuando se asume lo peor. Si alguien no saluda, en lugar de pensar "quizás tuvo un mal día" o "está distraído", se asume que "me está ignorando a propósito porque tiene algo contra mí".
Falta de empatía: Incapacidad para ponerse en los zapatos del otro, ignorando el trasfondo, el dolor o las luchas personales que pueden estar dictando su comportamiento.
Evadir la resolución bíblica de conflictos. Jesús fue muy claro en Mateo 18:15-17 sobre cómo manejar las ofensas: ir directamente a la persona en privado. La unidad se socava cuando aplicamos la triangulación, en lugar de hablar con la persona que ofendió, se habla de la persona con un tercero. Esto crea bandos instantáneamente. Falso perdón Decir que "ya lo perdoné" pero mantener distancia, frialdad, o llevar un "registro" mental de las ofensas pasadas. La mentalidad de consumidor, la unidad requiere compromiso mutuo y sacrificio. Hoy en día, muchas personas asisten a la iglesia como si fueran a un cine o a un restaurante. Ausencia de vulnerabilidad, asistir a las reuniones, sentarse, escuchar y salir sin involucrarse -sin empatía- en la vida de nadie. No se puede tener unidad desde el anonimato y sin pelear juntos las batallas de otros. Exigir sin servir, quejarnos de que la iglesia no me da lo que yo necesito, olvidando que la iglesia es un cuerpo donde cada miembro está llamado a aportar y servir a los demás.
¿Qué prácticas personales demuestran que priorizo la misión
de Jesús por encima de mis agendas e intereses?
Intenta pensar en tu papel en tu comunidad de fe no como un espectador, sino desde el interior, como un miembro necesario y único del cuerpo de Cristo. La unidad es tan valiosa que Jesús pagó un precio en la cruz para hacerla posible, y que en la iglesia cada persona tiene un don y un rol que solo Dios le ha dado para fortalecer a todos. La unidad nace de la gloria y el amor que el Padre y el Hijo comparten, y que entrar en la comunidad de fe es entrar en esa misma comunión, transformado por la verdad y con un propósito que va más allá de tu grupo local. Por eso es muy importante que te veas unido y como parte de un cuerpo que trasciende tu localidad; cuando te ves como parte de un solo cuerpo que incluye a cristianos de todas las culturas, épocas y contextos, dejas de medir tu valor por tu rol o tu congregación, y empiezas a ver tu vida como un aporte al gran cuerpo de Cristo. Eso te hace cuidar la unidad, no te prestas ni alimentas chismes ni divisiones, y pones lo que te une por encima de las diferencias pequeñas; tu servicio y tu amor se vuelven más profundos y más fuertes, porque ya no actúas como alguien aislado, sino como un miembro que entiende que su vida afecta a todo el cuerpo y que su mayor alegría es ser necesarios para el bien de todos. En esa visión, la unidad no es solo un tema bonito, sino una realidad que te sostiene y te da sentido; eres parte de un edificio que trasciende tu geografía, un cuerpo que avanza hacia la madurez en Cristo, y tu vida tiene un lugar en esa historia que no alcanza a ver del todo, pero en la que estás llamado a participar.

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