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El tercer día: Cambio y transformación.

Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Juan 2:1

En la Biblia observamos la frase el tercer día que suele señalar el momento en que Dios irrumpe y actúa de forma decisiva. No es solo cronología, sino una señal de cambio, restauración y manifestación divina. En la pequeña población de Caná, ese detalle introduce la idea de que algo nuevo está por cambiar o comenzar. En la narrativa del evangelio de Juan, la expresión “al tercer día” no cumple únicamente una función cronológica, sino también simbólica y teológica. Su uso sugiere el umbral entre una condición de espera y la irrupción de una intervención divina decisiva. En la tradición bíblica, el tercer día suele asociarse con manifestaciones divinas, cambios de estado, rescate y restauración; por ello, no debe leerse solamente, como un dato temporal neutro (miércoles o dos días después de algo) sino como un marcador literario que introduce un cambio significativo en el desarrollo de la narrativa en la historia.
Desde esta perspectiva, “el tercer día” prepara al observador para un acto en el que la realidad ordinaria es interrumpida por una acción de Dios, anuncia la ruptura divina que transforá la realidad presente. La fórmula genera expectativa de transformación: Donde aquello que parecía cerrado, insuficiente o en crisis está por recibir una respuesta inesperada y superior. Así, el tercer día funciona como un recurso narrativo que anticipa revelación, plenitud y novedad. En varios textos, el tercer día es el punto en que lo oculto se hace visible (revelación) y la historia cambia de dirección:
Abraham e Isaac, al tercer día Abraham ve el lugar, y el relato culmina con la provisión divina de un cordero. Sinaí, al tercer día Dios desciende sobre el monte y sella el momento fundacional del pacto. En Oseas 6:2: el tercer día aparece como lenguaje de revivificación y restauración. En Ester 5:1: al tercer día, la reina Ester entra ante el rey y ocurre un giro desde la sentencia hacia la preservación.
En el contexto del evangelio de Juan, esta expresión (ἡμέρα ὁ τρίτος) adquiere especial relevancia porque enmarca la primera señal de Jesús en Caná. Allí, el motivo del tercer día no solo sitúa el acontecimiento en el tiempo, sino que también lo presenta como una señal de que ha comenzado una nueva etapa en la historia de la salvación. La boda, las tinajas de purificación y la transformación del agua en vino se reunen para comunicar que la acción de Jesús inaugura un orden nuevo, caracterizado por abundancia, gloria y cumplimiento.
Se trata de una irrupción repentina y poderosa de una escala pequeña que nos anuncia que Dios está a punto de actuar de manera visible, creativa y transformadora. En Juan, esta expresión contribuye a presentar el ministerio de Jesús como el inicio de una nueva creación y de una nueva temporada fundamentada en la gracia.
El evangelio de Juan elocuentemente trata de mostrar una nueva creación, algo similar a la semana en que Dios desarrolló la creación que se describe en el libro de Génesis. El prólogo de Juan es decisivo porque afirma que el Logos estaba “en el principio”, estaba con Dios y era Dios; además, presenta la mediación de la creación, la encarnación y el testimonio de Juan el Bautista. La tradición hebrea del pasaje suele traducir Logos con términos como דבר (davar), lo cual nos lleva directamente a la revelación, la palabra eficaz y la sabiduría de Dios.
Además, se nos hace saber que era la celebración final de una boda judía en una región rural, se asume que se trata de una aldea o caserío de nombre Kanna. El lugar exacto se identifica como Caná de Galilea, se ubica en la región de Galilea, al norte de Israel, en una zona cercana a Nazaret; la localización exacta sigue investigandose. La identificación más difundida hoy suele ser Kafr Kanna/Kafar Kanna, a unos 6–7 km al noreste de Nazaret, aunque muchos arqueólogos consideran también Khirbet Qana, aproximadamente 9–12 km. al norte o noroeste de Nazaret. Una boda, en la Biblia, no solo debe verse como una celebración familiar con duración de 7 días. Pues en este caso, se trata de una imagen muy poderosa que indica alianza, comunión, alegría, pacto y fidelidad. Cuando Juan sitúa la primera señal de Jesús en una boda, está diciendo que la presencia del Ungido de Dios tiene que ver con la restauración de la relación -matrimonial-  entre Dios y su pueblo. La alegría típica de la celebración nupcial sugiere que la historia de la salvación de Israel y de toda la humnidad llega a un instante de plenitud; Dios no se presenta como un juez lejano, sino como aquel que viene a unir, a restaurar y a dar gozo.
Entre las personas que apoyan a las familias de la boda en Caná observamos que está la madre de Jesús. María (Miriam) además, se hace mención adicional al resto de la familia (menos José). Otro dato que nos comparte Juan, es que entre los invitados está Jesús con su grupo de discípulos.

Y como faltó el vino, la madre de Jesús le dijo: —No tienen vino. Jesús le dijo: —¿Qué tiene que ver eso conmigo y contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Su madre les dijo a los que servían: —Hagan todo lo que él les diga. Había allí seis tinajas de piedra para agua, de acuerdo con los ritos de los judíos para la purificación. En cada una de ellas cabían de cuarenta a setenta y cuatro litros. Jesús les dijo: —Llenen de agua las tinajas. Y las llenaron hasta el borde. Luego les dijo: —Saquen ahora y llévenlo al encargado del banquete. Se lo llevaron; y cuando el encargado del banquete probó el agua ya hecha vino (y no sabía de dónde venía aunque los sirvientes que habían sacado el agua sí lo sabían), llamó al novio y le dijo: —Todo hombre sirve primero el buen vino y, cuando ya han tomado bastante, entonces saca el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta ahora. Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Juan 2: 3-11

En el contexto de las Sagradas Escrituras, la hospitalidad no trata solamente, de una cortesía opcional, es un acto de revelación. Es una obligación sagrada ligada al honor de la familia, al cuidado del invitado y al buen nombre de la comunidad. Se trata de un ejercicio del reino donde podrías recibir al enviado de Dios, cuidar al hermano y convertir el lugar de tu hogar en un espacio de gracia. Es una práctica para demostrar generosidad con tus semajantes y permite desarrollar una "amistad espiritual". La casa anfitriona tenía la alta responsabilidad de recibir bien, de alimentar, de alegrar y de sostener la fiesta durante varios días, de modo que quedarse sin vino no era un simple descuido, sino una posible vergüenza pública que afectaba la dignidad de todos. En ese escenario, Jesús no solo evita un problema doméstico; también protege la hospitalidad de la casa y transforma una carencia en abundancia, mostrando que el Reino de Dios se manifiesta allí donde Jesús es invitado; hay apertura, servicio y confianza. La intervención de Jesús enseña que la verdadera hospitalidad no consiste solo en tener una mesa preparada, sino en permitir que Dios llene lo que falta, restaure el gozo y convierta una celebración humana en una señal de gracia y plenitud. Hebreos 13:2 recuerda que algunos hospedaron ángeles sin saberlo, lo cual eleva la hospitalidad a una práctica con alcance espiritual: No se olviden de recibir bien a la gente que llegue a sus casas, pues de ese modo mucha gente, sin darse cuenta, ha recibido ángeles.
La hospitalidad está unida al amor, a la justicia, a la memoria de Israel como pueblo extranjero y la identidad cristiana misma. Mateo 25 muestra que acoger puede tener alcance espiritual profundo: uno puede recibir al Señor sin saberlo, y la fidelidad en este punto cuenta delante de Dios. Por eso, ser hospitalario no es un detalle secundario del discipulado, sino una manera de encarnar el Evangelio en casa, en la mesa y en la relación con el otro.
La boda en Caná debe observarse desde el interior de su cultura -la judía- donde el matrimonio no era solo un asunto exclusivo entre dos personas; es mucho más amplio sino un acontecimiento familiar y comunitario de gran honor. La celebración de la boda judía podía extenderse por varios días, incluso hasta una semana, y reunía a parientes, vecinos y amigos en un ambiente de alegría, hospitalidad y compromiso social. En ese contexto, se debía aasegurar la abundancia de comida y vino no era un lujo superficial u opcional, sino una señal visible de dignidad, bendición y buen nombre para las familias involucradas. El agotamiento de la provisión de vino antes de lo esperado, por tanto, no era un detalle menor; era una vergüenza pública que podía dañar gravemente la honra de los anfitriones y alterar el sentido festivo de toda la celebración.
El financiamiento para la boda así recaía principalmente en la familia del novio, quienes asumían los gastos de la fiesta, los obsequios y las obligaciones materiales vinculadas al matrimonio. La familia de la novia también participaba en los arreglos, pero la responsabilidad económica central solía estar del lado del novio, quienes debían garantizar la provisión necesaria para una celebración de casi una semana. Pero la celebración de la fiesta tiene un problema, se agotó el vino. Ese detalle es clave. En el escenario social y humano, la falta de vino indica vergüenza para el anfitrión, escasez y fracaso. En un plano simbólico, muestra que el antiguo orden (la Ley y los profetas), por sí solo, no basta para sostener la alegría plena del pueblo.
María se entera de que el (οῖ́νοςvino se agotó en la casa de los anfitriones, lo que los pone en riesgo de pasar un momento muy vergonzoso. Así que se dirige a Jesús y le hace saber el problema, nunca le dijo que hacer, solamente: -No tienen vino. La pregunta oportuna para tí hoy tiene que ver con que si conoces que es loq ue te hace falta. ¿Tienes salud, tienes salvación, tienes perdón?
Falta algo. Y es justo allí donde interviene Jesús. La boda representa comunión, pacto y alegría. La falta de vino muestra insuficiencia y crisis. Se levantó una bandera roja. Si no se resuelve a la brevedad y los invitados se enteran, ambas familias quedarán en vergüenza pública. 
Y Jesús le dijo: «Mujer , ¿qué nos interesa esto a ti y a Mí ? Todavía no ha llegado Mi hora.
Hay una clara responsabilidad sobre los anfitriones. No es responsabilidad del invitado resolver la crisis del vino. Pero, se trata de no avergonzar publicamente a estas familias y mantener integra su dignidad. Jesús respetuosamente, le responde es algo como ¡Señora mía, este no es nuestro asunto! Lo que su madre le solicita a Jesús podría anunciar fuera de tiempo y publicamente la identidad del Ungido de Dios. Esa es la razón de su respuesta. Jesús interviene para transformar esa carencia en abundancia, lo cual anuncia que su presencia trae plenitud donde antes había límite. Adicionalmente, mostrará algunas señales claras de su propósito redentor.
María se dirige a los ayudantes que ese día estaban de servicio en la boda: «Hagan todo lo que Jesús les diga.» 
En Caná, la escasez de vino funciona narrativamente como una señal de carencia, y el vino abundante que Jesús provee puede leerse como imagen de la llegada de la gracia mesiánica, del gozo del Reino y de una nueva etapa de plenitud para el pueblo.
Los (διάκονος) sirvientes de las bodas de Caná vivieron una experiencia que seguramente empezó con desconcierto y terminó en asombro. Jesús les pidió algo aparentemente simple pero extraño: llenar de agua unas tinajas destinadas a la purificación, y luego llevar ese contenido al encargado del banquete. Ellos no recibieron explicaciones largas ni una promesa detallada; solo escucharon la orden y la cumplieron. En esa obediencia aprendieron una lección decisiva: la palabra de Jesús tiene autoridad suficiente para transformar la realidad, aun cuando el resultado no pueda anticiparse. Mientras actuaban, probablemente vieron solo agua, pero al obedecer descubrieron que Jesús había convertido aquello en vino excelente. Así comprendieron que el milagro no dependía de su poder, sino de la fidelidad con que respondieron a la voz del Maestro. Su experiencia enseña que la fe madura no consiste en entenderlo todo antes de actuar, sino en confiar y obedecer, dejando que Jesús revele después el sentido de lo hizo. Uno de los detalles más hermosos del relato es la obediencia de los sirvientes. Esa obediencia es esencial para que la señal ocurra. El milagro no se produce por técnica, ni por espectáculo, ni por mérito humano. Se produce por la palabra de Jesús y por la obediencia a esa palabra. Aquí hay una enseñanza espiritual muy profunda: la transformación verdadera nace cuando el ser humano escucha y responde obedientemente. En la boda de Caná, los sirvientes son testigos de que la palabra de Jesús tiene poder creador. Él habla, y la realidad cambia. Esa autoridad del Hijo revela que no actúa por iniciativa aislada, sino en perfecta sintonía con el Padre.
Juan menciona seis tinajas de piedra -todavía sin llenar o vacías- destinadas a la purificación. No lo hace por casualidad. Las tinajas que están ahí representan los ritos de limpieza, es decir, el ámbito de una relación verdadera pero todavía incompleta y preparatoria. El agua en ellas servía para purificar el cuerpo, para disponer a las personas a participar de la vida comunitaria con limpieza ceremonial. El hecho de que sean de piedra también es significativo. La piedra se asociaba con un recipiente apto para usos rituales y menos susceptible a la impureza. Por eso, esas tinajas no son objetos triviales: son señales del orden religioso de Israel, de la santidad, de la separación para Dios y del cuidado por la pureza. Sin embargo, Jesús toma precisamente esas tinajas y ordena (γεμίζω) llenarlas de agua “hasta arriba”. Esa orden tiene un peso enorme. Es como si dijera que la etapa de preparación ha llegado a su límite máximo de capacidad y que ahora va a ser llevada a su cumplimiento. Ahora, que se ha llevado a su máxima capacidad, el agua de purificación no es desechada, sino transformada. Jesús no destruye, ni deja sin valor lo previo; lo llena y lo supera.
La cultura judía asignaba a cada tinaja una capacidad de "dos o tres medidas". Según léxicos griegos, una "medida" (metreta) consta de 72 unidades. Por lo tanto, una tinaja de tres medidas contenía un total de 216 unidades (72×3). Al dividir ese total de 216 unidades por 12 (que es el número de importancia para el Reino, representando a las 12 tribus de Israel y los 12 discípulos), el resultado es 18. En el contexto bíblico y hebreo, el 18 es el número de la vida.
¿Por qué hay 6 tinajas para agua en esta boda? Las tianajas de piedra utilizadas para el rito de purificación, eran recipientes grandes destinados a contener agua ceremonial. No conocemos sus medidas exactas en alto o ancho, pero el texto indica que cada una tenía una capacidad aproximada de dos o tres metretas, lo que suele equivaler a entre 50 y 115 litros por tinaja, según la forma de calcular la medida. 
Se estima que la capacidad era de aproximadamente, cien litros por tinaja en términos totales, juntas las seis tinajas habrían podido contener entre 300 y 690 litros de agua, una cantidad que resulta ser muy grande para este uso. Eso significa que con las seis tinajas juntas es más que suficiente para las necesidades rituales de una boda. El hecho de que fueran de piedra también es significativo, porque ese material se asociaba con la pureza ceremonial y con un uso adecuado para las abluciones religiosas. En el relato de Caná, su tamaño y su función ayudan a entender mejor el sentido del milagro: Jesús toma recipientes de purificación y los llena de vino abundante, mostrando así que transforma la antigua preparación en una nueva plenitud de vida y gozo. En una boda judía del siglo primero, la purificación previa más conocida era el baño ritual de la novia en una mikveh, es decir, una inmersión en agua para simbolizar limpieza ceremonial y disposición para el matrimonio. También se practican lavados de las manos, los pies y utensilios durante la celebración, porque la vida cotidiana y festiva judía estaba muy marcada por normas de pureza.
La escasez de vino en la boda de Caná puede interpretarse simbólicamente como un signo de carencia en Israel, y la provisión de Jesús como la irrupción de la abundante gracia mesiánica que nos trae plenitud y alegría nueva.

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