Jesús y sus discípulos llegaron al pueblo de Cafarnaúm. Cuando ya estaban en la casa, él les preguntó: «¿De qué estaban hablando cuando venían por el camino?» Los discípulos no contestaron nada, porque habían estado discutiendo cuál de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los doce discípulos y les dijo: «Si alguno de ustedes quiere ser el más importante, deberá ocupar el último lugar y ser el servidor de todos los demás.» Marcos 9:33-35
El lavatorio de pies en la tradición cristiana tiene su origen en el ejemplo directo y la enseñanza de Jesús sobre humildad y servicio a los demás, simbolizando un llamado a la comunidad cristiana a practicar el amor y la igualdad a través del servicio mutuo. Es una ceremonia litúrgica cristiana que consiste en el acto simbólico de lavar los pies de otras personas, emulando el gesto de humildad y servicio que Jesús realizó con sus discípulos durante la Última Cena, según el Evangelio de Juan. Esta práctica simboliza la vocación al servicio, la humildad y la igualdad entre los fieles, y se celebra frecuentemente en la celebración del Jueves Santo como expresión del mandamiento de amor y servicio mutuo. Se trata de un acto radical de humildad y de servicio que nos revela el corazón del liderazgo cristiano.
Ellos le contestaron: —Por favor, cuando estés en tu reino poderoso, déjanos sentarnos a tu lado, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Lucas 10:37
La constante preocupación por los puestos de liderazgo en el corazón de los doce discípulos es un testimonio de su humanidad y de la lucha universal contra el ego y la ambición. Jesús abordó esta cuestión una y otra vez, no con frustración, sino con paciencia y con un ejemplo radical de servicio. Al final, los discípulos, transformados por el Espíritu Santo, llegaron a encarnar el liderazgo de servicio que Jesús les había enseñado, aunque la lección les tomó mucho tiempo y dolor para asimilarla completamente. Su trayectoria nos recuerda que la verdadera grandeza en el Reino de Dios se encuentra en la humildad y el servicio desinteresado, un principio revolucionario que invierte los valores del mundo.
Los judíos de la época esperaban un Mesías político que restauraría el reino de Israel a su antigua gloria de los días de David y Salómón. Los discípulos, compartiendo esta expectativa, imaginaban un reino visible con estructuras de poder terrenales donde ellos, como colaboradores cercanos de Jesús, ocuparían los puestos más altos.
Luego los discípulos empezaron a discutir sobre quién de ellos sería el más importante. Lucas 22:24
La verdadera autoridad es servicial y humilde, manifestada en el acto de Jesús al lavar los pies de sus discípulos. La autoridad al interior de la iglesia no es para dominar o ejercer poder por sí misma, sino para servir, construir y liberar a otros, siguiendo el ejemplo de Jesús, que con humildad se puso a servir para manifestar el Reino de Dios en la tierra. Destacando que esta autoridad es delegada por Dios para romper ciclos de injusticia y traer sanidad y transformación, invitando a los creyentes a caminar en esta autoridad para un impacto positivo y amoroso en sus comunidades
El lavatorio de pies tiene raíces en las costumbres judías antiguas, donde lavar los pies a los huéspedes era un acto de hospitalidad y respeto de parte del anfitrión. A razón de las condiciones polvorientas de los caminos y calles y al tipo de vestimenta con sandalias abiertas. Este es un gesto que no solo muestra la autoridad transformada en servicio, sino que también simboliza una invitación a sus seguidores a adoptar una vida de sacrificio y amor práctico hacia los demás, reflejando el carácter de Jesús como un humilde siervo.
Al salir -Jesús- desde Betania (בית עניה), la comunidad donde vivía Lázaro con sus hermanas, y que queda a una distancia de tres kilómetros desde Jerusalén, y luego de entrar a través de la puerta de Sión (Sha'ar Tsiyon) que está en el lado oeste de la ciudad. El tiempo transcurrido ha sido de unos 60 minutos de caminata y han sido recibidos por una multitud muy efusiva de jóvenes que daban gritos de alegría, batían ramas de palma en sus manos. Lo que había aumentado al máximo el temor y la preocupación de los prushím en Jerusalén sobre la posibilidad de una revuelta popular de gran escala.
Con plena conciencia de haber venido de Dios y de que ahora volvía a él, y perfecto conocedor de la plena autoridad que el Padre le había dado, (Juan 13:3)
Fue esa misma tarde, antes de la noche, que los doce discípulos más cercanos a Jesús están reunidos junto a su maestro en un salón de la ciudad. Para este momento, Judas hijo de Simón, el hombre de Kerioth, ya ha decidido que él va a aceptar la oferta de entregar a Jesús a los prushím y a cobrar las 30 monedas de plata (quinarios o denarios romanos). A la misma hora, desde el máximo trono de autoridad en el cielo, Dios bueno había entregado en las manos de Jesús la autoridad de todas cosas. Y su primer acto como poseedor de la máxima autoridad va a desconcertar a sus discípulos que están totalmente enfocados en ser el gabinete de consejeros reales del próximo rey en Israel.
En una casa de Jerusalén solía haber un grupo de apoyo o de trabajadores domésticos, ellos servían según una jerarquía -de mayor a menor- en las actividades cotidianas. Dentro del grupo de sirvientes aquel que tenía el deber de lavar los pies de las visitas era aquel de menor rango y autoridad. En el caso de los siervos domésticos israelitas se les conocía como עבד עברי” (eved ivri). Fue completamente chocante para los doce discípulos -dentro de su cultura- observar a su maestro y futuro rey -esa noche- quitarse su manto, colocarse una toalla en su cintura y tomar un recipiente con agua. Luego acercarse a cada uno y (νίπτω nípto) limpiar el polvo de sus pies y luego secarlos con su toalla. Era obvio a todas luces su completa confusión ante lo que ahí está pasando. Jesús -el esclavo joven que ha sido elegido- daba cumplimiento a lo escrito en el libro del profeta Isaías 42:1 "Dios dijo: ¡Miren a mi elegido, al que he llamado a mi servicio! Él cuenta con mi apoyo; yo mismo lo elegí, y él me llena de alegría."
La autoridad dada por Dios no es para destruir o juzgar, sino para reconstruir, romper los ciclos de injusticia y establecer su libertad. Al someternos a la misión de Dios, somos comisionados con autoridad para hacer buenas obras siguiendo el ejemplo de Jesús. La autoridad se debe caminar con humildad y sabiduría para impactar positivamente en la sociedad, hablando a favor de los que no tienen voz y mostrando el amor y justicia de Dios. Así, la autoridad es una invitación para servir y transformar vidas con el poder que provienen de una relación y encuentro con Dios.
En el evangelio de Juan en el capítulo 13:4-10 se describe lo que pasó entre Jesús y sus doce discípulos, todo esto como una antesala de dos traiciones que estaban a poco de suceder; la de Judas y la de Pedro:
Por eso, mientras estaban cenando, Jesús se levantó de la mesa, se quitó su manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en una palangana, y comenzó a enjuagar los pies de sus discípulos y a secárselos con la toalla. Cuando le tocó el turno a Pedro, este le dijo a Jesús: —Señor, no creo que tú debas lavarme los pies. Jesús le respondió: —Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero después lo entenderás. Pedro le dijo: —¡Nunca dejaré que me laves los pies! Jesús le contestó: —Si no te lavo los pies, ya no podrás ser mi seguidor. Simón Pedro dijo: —¡Señor, entonces no me laves solamente los pies, sino que lávame también las manos y la cabeza! Jesús le dijo: —El que está recién bañado está totalmente limpio, y no necesita lavarse más que los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos.
Jesús se levantó de la mesa que él presidía y bajó, luego se quitó su manto, (José el hijo de Jacob perdió su manto en 2 oportunidades antes de ser embestido por el rey) signo de su disposición de servicio y de humildad.
Tomó una toalla, la ciñó a su cintura, igual a un eved ivri como la ropa de los sirvientes.
Puso agua en un depósito, que era un recipiente ancho y bajo apropiado para lavar pies.
Uno por uno, comenzó a lavar los pies de sus discípulos, enjugándolos con la toalla que llevaba ceñida.
Pedro se negó inicialmente a que Jesús le lavara los pies, pero Jesús le respondió que quien no recibía esta humilde purificación no tendría parte con Él.
Jesús explicó que sus discípulos ya estaban limpios en esencia, pero necesitaban lavarse los pies continuamente, simbolizando la necesidad de purificación constante.
Al finalizar, Jesús retomó su manto (autoridad jerárquica) y les explicó el significado de su acto como ejemplo para que ellos también se sirvieran humildemente unos a otros.
Según el acto descrito, la relación que debe gobernar entre discípulos y maestro, entre amo y siervo, y entre pastor y ovejas es la de humildad, servicio y amor sacrificial. Jesús, a pesar de ser el Maestro y Señor, se degrada voluntariamente -de león a cordero- como un siervo para lavar los pies de sus discípulos, un acto que simboliza el llamado a que quien tiene autoridad la ejerza desde el servicio a los demás y no desde la dominación o el poder autoritario. Este gesto enseña que la verdadera grandeza en el Reino de Dios se basa en el amor humilde y el servicio mutuo, donde el líder se convierte en el servidor de su comunidad. Jesús enfatiza que si Él, el Señor y Maestro, ha lavado los pies de sus discípulos, ellos también deben servirse unos a otros de igual manera. Así, la autoridad no debe usarse para imponer, sino para cuidar, amar y guiar con entrega y humildad, estableciendo una comunidad donde el amor y el respeto mutuo gobiernan las relaciones de mayor rango y liderazgo.
El lavar los pies de sus discípulos destruye la noción dominante de liderazgo como dominio y poder. Para Jesús, el liderazgo en el Reino es servicio sacrificial. El verdadero líder es el que se humilla y sirve a los demás, priorizando sus necesidades.
El lavatorio de pies es una expresión tangible del amor ágape de Jesús. Él no solo amó con palabras, sino con hechos concretos y humillantes. Este es el tipo de amor que los discípulos deben tener unos por otros.
La humildad no es debilidad, sino una característica divina. Jesús, siendo Dios, se humilló a sí mismo. Esta es la esencia de la kenosis (Filipenses 2:5-8).
El servicio no es solo hacer lo que es cómodo o reconocido. Es estar dispuesto a hacer las tareas más bajas y desagradables si eso significa servir a los demás.
Una iglesia o comunidad que practica el lavamiento de pies (simbólica y prácticamente) es una comunidad que refleja el corazón de Cristo y es una luz en un mundo egoísta.
Esa misma noche Jesús tenía muchas más valiosas lecciones que deseaba enseñar a sus discípulos. Para completar su lección de humilde servidor continúo enseñando:
"Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy" (v. 13): Jesús afirma su autoridad y su divinidad. Es crucial que esta afirmación de su deidad preceda a la instrucción sobre la humildad. Es precisamente porque Él es el Señor que su acto de servicio es tan poderoso y ejemplar. No es un acto de debilidad, sino de fuerza divina manifestada en amor.
"Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros" (v. 14): Aquí está el mandamiento. Jesús no solo dio un ejemplo, sino que estableció un nuevo estándar de servicio. El servicio mutuo se convierte en una marca distintiva de la comunidad de creyentes.
"Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis" (v. 15): Jesús no solo lavó los pies, sino que se convirtió en el siervo. Él es el modelo a seguir. El servicio no es opcional ni esporádico; es una característica intrínseca del discipulado cristiano.
"De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que le envió" (v. 16): Esta es una verdad profunda. Si el Señor se humilló para servir, ¿cuánto más deberían hacerlo sus seguidores? Desafía la mentalidad de "ser el primero" y la reemplaza con la de "ser el último y siervo de todos".
"Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hiciereis" (v. 17): La verdadera bendición no radica solo en conocer la verdad, sino en ponerla en práctica. La obediencia a este principio de servicio humilde trae consigo una bienaventuranza.
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