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La sexualidad bajo reglas.

El diseño del ser humano es complejo, y como creación no somos completamente capaces de entender bien como somos nosotros mismos. Nuestro diseño y la final manufactura de Dios incluye tres partes; el espíritu, el alma, y el cuerpo. Se entiende que la vida descansa en el espíritu, que éste no es nuestro y que es prestado por Dios. Que nuestra alma el centro de nuestras emociones, sentimientos y pensamientos, y que el cuerpo es el envase o contenedor de todos los demás. De alguna manera éstos tres están conectados -más de lo que parecemos saber- y lo que hace uno afecta positiva o negativamente al resto de nuestro ser.
La sexualidad es parte del ser humano, no somos seres asexuados como los ángeles, somos seres sexuales desde las primeras semanas de gestación (Dios nos creo varón y mujer). La vida sexual no es tampoco una condición eterna, es temporal sólo nos afecta durante nuestra vida sobre la tierra, después no será necesaria nunca más. Esta condición nos permite reproducirnos como seres humanos y su actividad plena está limitada a la madurez dentro del matrimonio; unión integral entre hombre y mujer que surge en la mente de Dios -y no en ninguna ley humana- limitada a nuestra vida sobre la tierra y que demanda fidelidad. El sexo no está diseñado para la soltería, ni para la edad de la niñez. Pues como parte de un todo, la actividad sexual trae en sí misma responsabilidades, frutos y cambios al ser humano. La sociedad actual ha sobre valuado el sexo, y le ha asignado mucha importancia y valor.
Las reglas que Dios nos pide guardar son para asegurar nuestro bienestar, romper las reglas es como quitar los pasamanos de las gradas, o los muros que rodean a las casas, los cinturones o los cascos de los vehículos del transporte, o como las señales de carretera. No guardar las reglas simplemente nos expone a un mayor riesgo. Éste puede llegar a ser no sólo un alto riesgo, sino riesgo mortal. El matrimonio es el marco correcto para su actividad y disfrute según el diseño original vigente.
El matrimonio, no es exclusivamente para la práctica del sexo. Dentro de las responsabilidades que incluye el matrimonio sí está el disfrutar de relaciones sexuales sanas, pero también proveer para las demás necesidades -para ésto se nos exige demostrar que somos altamente productivos- y satisfacerlas, construir un hogar para el cónyuge, y los hijos e hijas que vendrán, para formar familia y educarla en el respeto a Dios y a su Santa Palabra.
Las personas que no guardan con respeto el diseño del Creador sobre el sexo se exponen al dolor, enfermedad, baja estima, depresión, conflictos en sus relaciones personales actuales y futuras, y en su integración social y familiar. Sin incluir los riesgos extremos; como las enfermedades incurables de transmisión sexual, cambios hormonales, frutos que pueden llevarnos a la muerte temprana.
Errar o manchar la pureza del cuerpo también afecta nuestra vida espiritual, nos aleja de la correcta virtud y valor que el sexo debe tener, nos hace cambiar la sana proporción que posee dentro del resto de relaciones.
Soltar o liberar una descarga de hormonas en la sangre libera tal pasión que no es posible en muchos casos detener, y su gran fuerza y poder nos puede arrastrar, golpear, lastimar y junto a mi -a muchas otras personas cerca de nosotros.
Ante todo lo que está en juego, bien vale la pena meditar sobre mantener puro nuestro templo, nuestro cuerpo; la casa del Espíritu Santo. Ningún apuro, impulso loco, noche loca o la vida loca -al final- resulta ser importante, ni valioso, es mejor por nuestro bienestar respetar nuestro cuerpo, nuestra estabilidad y nuestro futuro.
Para ti mujer es importante no prestar -ni un instante- tu sentido audible; el oído a las palabras de personas (varones o mujeres) extrañas, y en el caso de los hombres es mejor no mirar de más, ni un segundo más y tampoco un poco más allá -¿Recuerdas la huida de José ante la esposa de Potifar? Cruzar está zona de seguridad detonará un explosión en nuestras hormonas para que éstas tomen el control y finalmente terminemos donde nunca quisimos estar, y asumiendo situaciones para las que nadie está preparado. No pierdas la cabeza, no apuestes todo por unos minutos de placer sexual, no cambies lo verdaderamente valioso por aquello que está sobre valorado en nuestra sociedad. La culpa, es ese sentimiento que le sigue al sexo fuera del matrimonio, es una puerta que  atrae a la depresión y baja autoestima.
Desde hoy me comprometo a guardarme y respetarme a mi mismo, para disfrutar más adelante de buenas relaciones y estabilidad emocional. Dios me comprometo contigo a ser cuidadoso, y buen mayordomo - gerente o administrador- de mi cuerpo, de mi alma y de mi espíritu, que así se haga en mi vida.

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