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David, el rey derrotado.

Y David subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos. También todo el pueblo que tenía consigo cubrió cada uno su cabeza, e iban llorando mientras subían.
II Samuel 15:30

A pesar de todas sus victorias en batalla, a pesar la unificación de reino, a pesar de haber establecido un único culto al Dios verdadero, a pesar de escribir muchos Salmos, de vencer al gigante entre otras hazañas. Estamos ante un hombre en crisis. Su reino está en franca crisis, igual lo están su matrimonio, su familia, y él mismo es una crisis.
Lo acompañan en esta etapa de su vida, ya casi está en sus sesentas, los hombres que han sido fieles en sus luchas militares y políticas, su aspecto es tan elocuente que quien mira esta escena no puede sino llorar al verle caminar así, vestir así, luchar por subir hasta la cumbre de esta pendiente que le es contraria. Huye de Jerusalén, la ciudad ha sido tomada militarmente por uno de sus hijos y ante la opción de atacar al invasor y usurpador del trono, opta por salir humillado sin dar la batalla antes que enfrentar a su hijo Absalón.
Hace a penas 14 años atrás, David decidió no salir a la batalla con sus hombres, durmió hasta tarde y miró a una mujer -Betsabé- que a sus ojos era muy hermosa, pero no era su esposa, ella estaba casada con uno de sus más fieles y valientes soldados-Urías- pero importó poco -más bien nada- a David respetar ese matrimonio, es que el rey David no respetaba el matrimonio entre un hombre y una mujer, no le merecía importancia el hecho de ser fiel a una sola mujer. Desde entonces una serie de eventos desafortunados siguieron a todos los hijos e hijas de David, la casa real de Israel estaba en profunda crisis y nadie parecía saberlo.
Un hijo  de David(Amnóm) viola a su media hermana Tamar (II Samuel 13), la repudia, y ni el hijo es reprendido ni la hija fue atendida y restaurada por su padre David. 

Y luego que el rey David oyó todo esto, se enojó mucho. Mas Absalón no habló con Amnón ni malo ni bueno; aunque Absalón aborrecía a Amnón, porque había forzado a Tamar su hermana. II Samuel 13:21-22

En casa de David, se decidió guardar silencio, no se habló en el tiempo correcto, no hizo lo correcto como padre y dejó que el rencor y el odio inundaran el corazón de su hijo Amnón. No supo que hacer, su moral no era tan buena como para hacer frente a la maldad de su hijo, no fue contundente con el pecado de su hijo. La puerta de la violencia ya está abierta y no trató ni se esforzó en cerrarla. Después vendrá el asesinato de Absalóm, Amnón ahora es un asesino, Tamar sigue sin ser restaurada, el engaño se apodera de su casa, ahora su casa está completamente dividida, el escenario es malo y no parece mejorar en nada. Vemos a un David ausente y pasivo, diametralmente opuesto al David enérgico que enfrentó al gigante. 

Y estuvo Absalón por espacio de dos años en Jerusalén, y no vio el rostro del rey. II Samuel 14:28

Años atrás en Hebrón, David tomó esposas, concubinas y le nacieron muchos hijos a David, pero también hubo más mujeres y más hijos.  Mantuvo la misma actitud por años, vivió sufriendo por dentro pero no enfrentó, ni habló con Absalóm, nunca le dió espacio a esta relación para crecer y ser fortalecida. El día que Absalóm murió su padre David lloró en público con gran dolor, entonces ya era tarde para hacer algo. Pudo ser que el trabajo real, el ser rey le mantenía tan ocupado que no estaba cerca de sus muchas esposas, ni de sus hijos e hijas, parece que las relaciones familiares son un problema para él; la conyugal y la relación de paternidad nunca se desarrollaron en su vida y muestran muchos vacíos, no las respeta, no las enseña, no las defiende ferozmente, no son valores formados en su vida. Tal vez sus hijos y sus esposas eran meros trofeos de su virilidad y de su puesto como Rey en Israel, eran parte de su labor, ésta tarea de educar estaba delegada a las mujeres, y él decidió no tomar parte. Fue un padre ausente; famoso, de prestigio pero no presente.

Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas, pero no se calentaba. Le dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey. Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey. Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció.
I Reyes 1:1-4
Ahora en sus casi setenta años David está tan sólo, sin hijos, sin hijas, sin esposa, sin nietos. El frío de la noche es mucho para él, duerme con una extraña junto a él. David, llegó tarde -no llegó- a su matrimonio, a sus hijos, a sus nietos. Ahora sabemos que no hay para él otra oportunidad. David evitó siempre ir a la batalla por su matrimonio y por sus hijos, esa guerra la perdió por no luchar ¡Un rey debe ir a la guerra! es su deber.
Para Ud. sí hay oportunidad hoy, para su matrimonio hay una oportunidad, para su familia también la hay valore el matrimonio entre un hombre y una mujer, valore la fidelidad, valore a los hijos como algo único y especial, recuerde ser ferozmente fiel y eduque a sus hijos con estos valores del reino de Dios.
No devalúes, ni menosprecies la fidelidad de tu matrimonio; nada de coqueteos en la oficina, nada de ver de más hasta alzar las cejas, abrir la boca, usar una voz seductora o sexi, nada de tocar el cabello que no es de tu pareja, o su rostro, o su brazo o la espalda de otra mujer. No subas a tu carro mujeres que no son de tu familia, no llames a mujeres que no son tu esposa por tu teléfono, no le mandes mensajes de texto a mujeres que no son tu esposa, no hagas citas para salir con nadie que no sea tu esposa. No acerques tu oído a la voz de un extraño, no atiendas llamadas y mensajes de texto que no son de tu esposo. Se una verdadera fiera defendiendo tu fidelidad y tu matrimonio. Ve a la batalla, vence y defiende tu familia.

Dios, permite que mi familia no sufra por mis malas decisiones, por dejar de hacer lo correcto, por no dar la correcta importancia a tus mandatos, ayúdame a recuperar mi hogar, para restaurarlo.  En el poderoso nombre de tu hijo Jesús, que así se haga en mi familia. Amén.

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