martes, 29 de mayo de 2012

Vivir en la paz de Dios

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Isaías 26:3 



¿Qué pasa cuando nuestro corazón se llena de temor y de falta de esperanza?
Cuando alojamos y adoptamos argumentos e ideas que tienden a profundizar dudas sobre la autoridad y vigencia de la poderosa Palabra de Dios y sobre sus promesas, entre otras cosas. En consecuencia vamos a pensar con mayor pesimismo sobre nuestro futuro, bajamos la guardia y dejamos de orar confiadamente, no somos creativos, buscamos excusas para justificar la falta de actividad y de deseos de emprender proyectos nuevos, pasamos de conquistadores al viejo estado de esclavitud; con ataduras y cadenas. En esta condición todo reto se mira imposible de vencer, hasta el infinito poder de Dios pasa a ser minimizado -a cosa de nada- por nuestra debilidad.

Si alguien logra que te enojes, que le temas o que le odies, esa persona ha ganado sobre tu carácter, y te ha vencido. Lo mejor será no prestarle la importancia que no se merece. No permitas a nadie que se robe tu paz.

Dejar que nuestra mente sea controlada y dominada por el temor, la duda, el terror, la desesperanza produce personas fácilmente dominadas para el mal, resulta muy sencillo llevarles sometidas a prácticas que le alejen del plan y la voluntad de Dios, así es como se desarrolla la cultura de muerte y violencia, pues al cabo de un tiempo llegamos a pensar que no existe otra opción de vida, sólo vivir bajo amenaza de muerte. Este es el trabajo que mejor realiza el enemigo de los hijos de Dios.
En el paraíso, este enemigo no falló en su primera oportunidad, demostró que espera la mínima oportunidad para atacar contundentemente en contra nuestra. La posibilidad de que falle en su ataque no puede ser usada como margen de tolerancia, sería un riesgo muy grande. Dios nos dará cobertura y mandará a sus ángeles para rodearnos, y nuestra parte será subir a los centros de adoración de demonios y destruir sus altares uno a uno.
La oración agresiva hará retroceder al enemigo; orar de forma constante nos puede mantener lejos de muchos riesgos innecesarios. Otro potencial riesgo está en confiar demás en nuestras capacidades y en nuestra propia sabiduría. El exceso de confianza en nosotros mismos es motivo adicional para dejar de orar, y eso nos deja descubiertos y desarmados en la zona de ataque.
Muralla que guarda la costa de un país.
Al no orar -o al dejar de hacerlo- por nuestro matrimonio, por nuestra familia, por nuestro ministerio, por nuestro hogar, por nuestro emprendimiento, nuestro grupo, o nuestro país, éste último puede ser dejado en posición de total abandono - como una ciudad sin murallas- cuando no oramos apasionadamente por su seguridad, por su integridad, por su prosperidad, su sanidad financiera, debemos retomar con autoridad y valentía todo tiempo, todo espacio y establecer la autoridad de nuestro Dios allí mismo. Dejar de orar es como entregar todo en manos del enemigo y renunciar a nuestro dominio y control de nuestra  propia viña. La versión de lenguaje actual lo dice de esta manera: Dios hará vivir en paz a quienes le son fieles y confían en él.

Si deseamos la paz de Dios para nuestro país, debemos pedirla a cada momento. No podemos tomar vacaciones, no podemos tomar licencia, no podemos abandonar nuestra tarea, no podemos quitar las manos de la obra.

Que así se haga en nuestro país.

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